martes, 12 de abril de 2011

CHE GUEVARA :SU TRANSFIGURACIÓN

Che Guevara: una política de la transfiguración
Gustavo Ogarrio Para Armida, para Julieta, para Mariela
Poco tiempo después de que Ernesto Che Guevara muriera asesinado en Bolivia, el 8 de octubre de 1967, el poeta
cubano José Lima Lima escribió una breve interpretación en la que identificaba la figura del Che con cierta transfiguración poética de la historia. Afirma Lezama: “Como Anfiáreo, la muerte no interrumpe sus recuerdos. La aristía, la protección en el combate, la tuvo siempre a la hora de los gritos y la arreciada de cuello, pero también la areteia, el sacrificio, el afán de holocausto. El sacrificarse en la pirámide funeral, pero antes dio las pruebas terribles de su tamaño para la transfiguración. Donde quiera que hay una piedra, decía Nietzsche, hay una imagen. Y su imagen es uno de los comienzos de los prodigios, del sembradío en la piedra, es decir, el crecimiento tal como aparece en las primeras teogonías, depositando la región de la fuerza en el espacio vacío.”
Lezama ya había escrito los ensayos de su célebre libro La expresión americana, una fábula historicista en la que
postulaba su sistema de interpretación poética de la historia. Había encontrado en las figuras de Fray Servando Teresa
de Mier, Simón Rodríguez y Francisco de Miranda el trazo de un romanticismo de perseguidos, marginal respecto al
movimiento dominante bajo el cual se formaron los Estados nacionales en el siglo XIX. Las líneas que Lezama le dedica al Che comparten un ánimo similar a su interpretación de los tres perseguidos que inauguran el hecho romántico latinoamericano.
El Che es un sujeto cuya formación política está marcada por dos actos básicos de transfiguración: el viaje, es decir, el desplazamiento geográfico que desencadena la inestabilidad y la crisis de la conciencia ante hechos como la pobreza, la desigualdad, la enfermedad, y la lectura, la formación letrada que se vincula hasta fundirse con la experiencia testimonial. Al igual que los tres trotamundos letrados y libertarios que Lezama señala como portadores de la imagen política y poética del romanticismo latinoamericano, el Che Guevara lleva hasta sus últimas consecuencias su propia transfiguración, una transfiguración en la que se vinculan la política revolucionaria en una de sus versiones más concentradas (la sacrificial), y una formación letrada que se expresaba en ese escritor fracasado en el que se quería reconocer el Che .
Lezama percibía en la imagen del Che el elemento luciferino que conduce a una transfiguración, el plutonismo propio de
ciertos personajes que producen colectivamente la explosión de los significados dominantes y que son capaces también de rovocar con el trazo de su vida y pensamiento un nuevo significado y sentido del tiempo y el espacio histórico. Lezama es uno de los primeros en interpretar al Che como un ser de transfiguraciones.
La literatura y el acto de leer no fueron en el Che hechos exteriores y marginales a su pensamiento y acción. Es necesario recordar que el Che fue siempre un guerrillero escribano, su transfiguración ideológica es al mismo tiempo una transfiguración radical de lector y escritor. En su figura se concentra una política de la lectura y una escritura de la política: el poder de la literatura es al mismo tiempo un subterráneo poder político, un poder de conciencia y de transfiguración. El estigma de héroe romántico que es capaz de transformarse y transformar su mundo, visto desde la era imaginaria dominada por el libre mercado, la democracia liberal y la cultura de masas, funciona más como un relato tranquilizador y neutraliza la fuerza histórica e ideológica que emana de su figura.
Sin embargo, en estos últimos años también se ha expresado toda una política de la memoria que ha entendido plena-
mente al Che como un sujeto de transfiguraciones, como un paradigma de vida que, actualizado, sirve para interpretar también los modos de permanencia de un pensamiento crítico y la emergencia de una política de ruptura con el neoliberalismo.
EL COMANDANTE EN LAS REDES DEL DISCURSO NOVELESCO
El mito romántico del Che Guevara como hacedor de revoluciones había estimulado una fuerte escisión entre su acción
política y la representación escrita de su pensamiento. Se veía al Che como un utopista del socialismo cuya obra escrita no se encontraba a la altura de su pragmatismo revolucionario. Sin embargo, en los últimos años es posible hablar de una nueva lectura de la obra escrita del Che Guevara.
Afirma Michael Lowy:
El Che Guevara no fue solamente un guerrillero heroico, un combatiente que entregó su vida por la liberación de los pueblos de América Latina, un dirigente revolucionario que –hecho sin precedente en la historia– dejó todos sus cargos para volver a retomar el fusil contra el imperialismo. Él fue también un pensador, un hombre de reflexión, que nunca dejó de leer y de escribir, aprovechando cualquier pausa entre dos batallas para tomar pluma y papel.
Esta articulación entre acción revolucionaria, pensamiento político y el ámbito letrado en la trayectoria del Che puede ser interpretada también como parte del núcleo de esa transfiguración a la que se refiere Lezama. Y esta misma transfiguración es la perspectiva narrativa desde la cual la imagen del Che ha sido trabajada por cierto discurso novelesco. Abel Posse publica en 1998 Los cuadernos de Praga, una reconstrucción novelesca y ficcional de esa temporada, previa a su incursión en Bolivia, que el Che pasa en Praga, un poco para rehabilitarse físicamente después de su fallida experiencia en el Congo y un poco también para planear la acción revolucionaria en América del Sur.
En los primeros párrafos de la novela, Posse hace explícita la perspectiva de su reconstrucción ficcional del Che : “Comprendí que las biografías, tan exactas y cuidadas, con algunas disimuladas malas intenciones y un homenaje final y sin retaceos para tanto coraje ya asimilado por el sistema, dejaban intacto lo central de Guevara, su intimidad. Su diálogo final con la muerte, la extraña naturaleza de su última transfiguración y su soledad transformada en desafío casi desesperado. Desafío de suicida sublime, de quien, quizá, matándose nace.”
Lejos de que esta ficcionalización novelesca de la intimidad del Che suspenda la dimensión ideológica de su última transfiguración, más bien “pone en escena” y en tensión dramática su anticapitalismo. A partir de un enfrentamiento irónico consigo mismo –ya que evidentemente los días en Praga el Che los pasó bajo el anonimato de diferentes personalidades falsas– y de ciertos “diálogos” con una de estas identidades, la de Raúl Vázquez Rojas, es que la figura del Che pone en tensión su renuncia a la vida burguesa:
Las cosas con Vázquez Rojas se complican. Los encuentros ante el espejo son cada vez más molestos para ambas partes. Hacía dos o tres días que no lo afeitaba ni le recortaba el pelo, de modo que hoy estuve al menos media hora recomponiéndole la facha... Le recorto el pelo de los laterales y le cargo las cejas con esa tintura que me dio Eddy Suñol. Vázquez Rojas adquiere esa normalidad burguesa que le facilita la mediocridad y la seguridad de morir en alguna clínica de Madrid... Me gusta relajarme en este burgués sin cualidades. Me gustaría hablarle del Real Madrid y de Distéfano. Él sabe que yo comprendo su mundo. Pero él no puede comprender el mío.
Inmediatamente, esta voz de un Che resguardado en otra personalidad responde y lleva la ideología revolucionaria a los terrenos del enigma y del cuestionamiento:
– ¿Se puede recomendar a un hijo que sea poeta? Los revolucionarios nacen, Guevara; no se fabrican en la escuela de komsomoles y pioneros... Son un instante, como cometas, como todo artista. Son imprevisibles. Más bien los produce la casualidad, como en tu caso. Imagina si nuestro viejo, don Ernesto Guevara Lynch, se hubiera despertado una mañana en Alta Gracia y te hubiese dicho como en la carta que le enviaste a la pobre Hildita: “Tienes que ser revolucionario.” Impensable, ¿verdad? El misterio del mundo y el misterio de cada vida. Por eso no puedes comprender el capitalismo.
Te desespera que se mueva más cerca del misterio que de la razón... Te molesta que la economía capitalista esté más cerca del juego que de la geometría. Nunca entendiste la fuerza del mercado como expresión de un juego secreto de intereses y necesidades humanas. Acordáte de cuando eras ministro de Industrias , cuando estabas en el Banco Central. ¡Qué torturas, Comandante!... ¿No te pasó ante la economía lo mismo que te pasó en el Congo con la magia?
La unidad artística de la novela de Abel Posse descansa, como lo sugiere su nombre, en un acto de escritura, en un cua-derno de notas y de registro de la experiencia en Praga, prácticamente extraviado, y que configura también uno de los últimos mitos de la vida del Che : ¿Por qué, si el Che había sido reducido a un hombre primordialmente de acción revolucionaria, se vuelve tan importante un manuscrito suyo para descifrar el sentido de su última transfiguración?
No me interesa discutir el estatuto de verdad de la novela de Abel Posse; mucho de la base histórica del libro y de sus interpretaciones pueden resultar altamente cuestionables. No me interesa empuñar una lectura realista de la novela. Más bien quiero hacer alusión al campo que abre la ficción novelesca en torno a la figura del Che: es a través del género de la novela que el pensamiento y la ética del Che entran en tensión descriptiva con su acción política, y no es un dato menor que esta tensión lleva como núcleo desencadenante un acto de escritura, los cuadernos que se supone el Che escribió durante su estancia en Praga.
LEER PARA MORIR: EL CHE COMO LECTOR
En su libro El último lector, Ricardo Piglia dedica un apartado a revisar la figura del Che Guevara como lector de ficciones y la relación de esta actividad con su acción política.
Piglia llama la atención sobre un fragmento del libro Pasajes de la guerra revolucionaria, del Che, sobre el cual ya había reflexionado también Julio Cortázar. En este fragmento, el Che relata su experiencia en el desembarco del Granma y las referencias literarias a partir de las cuales respondió a la posibilidad de morir, luego de haber sido herido. Escribe el Che: “Inmediatamente me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en el que parecía todo perdido. Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista apoyado en el tronco de un árbol se dispone a acabar con dignidad su vida, al saberse condenado a muerte, por congelación, en las zonas heladas de Alaska. Es la única imagen que recuerdo.”
Lejos de interpretar este pasaje como una anécdota literaria en un contexto de acción política y militar extremo, Piglia lo ve como un momento de gran condensación cultural, el modelo de una muerte representada en la ficción literaria que el Che evoca a través de su memoria para enfrentar con dignidad su propia muerte, y que al mismo tiempo sella la fusión entre ideología y literatura que se produce en un momento culminante de la vida del Che . Afirma Piglia: “En esa imagen que Guevara convoca en el momento en el que imagina que va a morir, se condensa lo que busca un lector de ficciones; es alguien que encuentra en una escena leída un modelo ético, un modelo de conducta, la forma pura de la experiencia.”
Piglia hace alusión a la intensa actividad del Che como escritor. Esta actividad no sólo está en el centro de las transfiguraciones del Che como revolucionario, también permiten comprender el tipo de pensamiento que se va configurando en su escritura y, sobre todo, define la dialéctica que se produce entre sus identidades de escritor y de político: “El escritor fracasado que renace como político intransigente, casi como no-político, o al menos como el político que está solo y hace política primero sobre sí mismo y sobre su vida y se constituye como ejemplo.”
En la imagen de su última transfiguración ideológica y cultural, en esa foto, necrológicamente célebre, donde se ve el ca-dáver del Che tendido sobre un lavadero en la escuela de La Higuera, quizás encontramos los restos de una metáfora inadvertida sobre el valor de la lectura: el Che muere al pie del recinto básico de la cultura letrada, una escuela y, como sugiere
Piglia, muere como el “personaje de una novela de educación perdido en la historia”

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